Clara se subió en el bus ese día, para regresar a su casa después de su clase de Kung-Fu. Tras la huelga del día anterior por los asesinatos de pilotos de bus, era un alivio regresar a casa sin esperar horas en las calles. Sin embargo, cuando puso sus pies en la camioneta, sólo fue para recibir una bienvenida silenciosa por parte de un par de soldados del ejército. Eso –lo vio con nítida claridad en un segundo-, eso significaba que los machos al frente de las instituciones del estado habían decidido que, para contrarrestar las mafias de los machos de la calle, se iba a necesitar a los machos del ejército (ni siquiera a los de la policía).
Clara dirigió su mirada hacia la ventana y dejó colgada su vista de un rabo de nube blanca que estaba siendo gloriosamente iluminado por los rayos de un Sol abrazadoramente benevolente. Y de repente, fue como si esos haces de luz penetraran en lo más hondo de la conciencia depositada en su cerebro y comenzaran a proyectar una película en el fondo de su mente: el contacto primigenio con un macho, que se sentó a su lado una tarde de película infantil y se restregaba y se restregaba hasta que ensució la falda de su vestido con ese líquido espeso blanco pegajoso y apestoso…. Un poco más adelante en el tiempo, esas tardes en las que salía del colegio de la mano de su madre y tenía que escuchar a un obrero de la construcción decir unos “piropos” a su mami, que lo único que lograban era cargar el aire de un disgusto denso que producía náusea y desasosiego en el corazón, además de cierto miedo… El profesor discapacitado del instituto que miraba los culos y las tetas de las alumnas de 16 años con un morbo que le hacía a una volver los ojos hacia el otro lado…. Después, el jefe que la miraba por encima el hombro y que hacía como si ella no estuviera presente en las reuniones, pues él sólo escuchaba y reaccionaba a las propuestas que venían de otros machos de traje y corbata, con los que compartía el mismo “modus operandi”… Luego, en esos mundos laborales de prestigio y poder, los viejos casados que –recién conocidos- de repente, trataban de proponerla un intercambio de bienes materiales de cualquier tipo a cambio de un “favor sexual” (por supuesto, nunca expresado en esos términos y siempre precedido de una buena cantidad de halagos, todo lo cual llenaba su mundo interno de mucho desconcierto antes de que se pudiera percatar del nudo de asco en la boca del estómago que, muy rápido, se extendía por todo el cuerpo)… Su menté pasó rápido, a la velocidad de la luz, por los episodios de violencia psicológica machista que su padre ejercía permanentemente contra su madre. ¿Cuántas veces no le oyó decirle a ella: “anda, cállate, que tú no entiendes de política”, o, “quita del medio que estoy viendo el partido de fútbol”, o, “en esta casa, se ve en la televisión lo que yo diga, que para eso soy el cabeza de familia”, o, “bueno, bueno, déjame, que estoy viendo el partido y lo de la escuela es cosa de madres?”. Y todavía estas formas de negar o concluir los procesos de diálogo no eran tan graves, como las que escuchaba en los primeros años de su infancia. Cuando su mente avanzó en el tiempo hasta su adolescencia, recordó las otras frases secas y cortantes: “Yo vengo a la hora que quiera, cuando quiera y como quiera, porque para eso soy yo quien gana el dinero aquí”, o, “a ver si no voy a poder tomar ni un whisky con mis compañeros, después de haberme pasado la semana entera trabajando sin parar”, o, “yo no tengo a otra, pero si me sigues hablando así, voy a ver si no sólo me echo otra, sino otras más, tantas como yo quiera; así que ya sabes, cállate, no me calientes, y a la cocina, que ahí estás mejor”, o, “¿qué te vas a poner a trabajar? ¿y para qué te vas a poner a trabajar, dónde vas a ir a trabajar tú, si no sabes nada más que ser ama de casa? ¿adónde vas a ir, a limpiar la mierda de otros? ¿entonces para qué trabajo yo, eh, para qué trabajo yo?”… Ufff… No pudo recordar todo eso sin respirar profundo y suspirar varias veces… Su mirada quedó suspendida en el vacío, mientras dirigía los ojos hacia la ventanilla.
Fue instantáneo, el cruzar el puente y llegar hasta los machos violentos con los que ella había llegado a convivir: sus abusos, sus desconsideraciones, sus faltas de tacto y sensibilidad, su carencia de la ternura más básica, su afán por dominar e imponer, sus menosprecios, su gusto por el morbo, las mentiras fríamente calculadas una y otra vez. Bien diagnosticados estaban todos los maquillajes que usaron para ocultar todas estas realidades: las palabras zalameras, las justificaciones de sus rudezas en la necesidad de proyectar una imagen de “hombre seguro”… y ya, más de último en cada relación, cuando estaban a punto de ser desvelados todos sus disfraces, las victimizaciones: el “no te dije la verdad para no hacerte daño”, “tengo presión y estrés y tú siempre jodiendo con lo mismo”…. La lista interminable hizo que la mujer de cabello castaño, ojos verdes, nalgas casi inexistentes y manos generosas tuviera que suspirar hondamente varias veces…. Tragó saliva.
Cerró los ojos. Se frotó la frente. Después, se sacudió las manos, como si en ese gesto estuviera limpiándose de los recuerdos llenos de contaminación. Se revolvió en el asiento intentando encontrar la forma de dejar su mente en blanco, de dormir, incluso. Durante unos instantes, su mente pareció callarse. Después surgió una pregunta de la nada: “pero ¿y yo? ¿dónde quedo yo en todo esto?”. Cerró los ojos más profundamente, como tratando de entrever más lejos en el horizonte de sus mundos internos, y se vio invadida por el sentimiento del asco al recordar cuando el pederasta dejó su semen podrido en la tela de su falda. Se vio muerta del miedo a los 13 años, subiendo apresuradamente la escalera del portal de su casa, mientras trataba de huir de un macho de edad madura que iba dentro de un traje blanco, del cual sacaba su mano para tocarla en la entrepierna: “No te muevas”, decía él una y otra vez, pero Clara iba avanzando un paso en la escalera con cada sollozo, hasta que llegó al primer piso y ahí al tipo aquel le pareció muy arriesgado seguir, de modo que guardó su navaja y salió saltando peldaños de tres en tres. Se vio amenazada con navajas por machos ladrones en la calle en otras dos oportunidades, en las que supo hacer malabares para conservar su serenidad interior y salir indemne, sin ceder a la extorsión violenta. Se vio llorando inmensamente sin parar al tiempo que, llena de furia porque aun sabiendo que estaba junto a un macho infiel, su ser había sido incapaz de alejarse de él a tiempo, siempre confiando en que no era posible que él hubiera sido capaz de mentir y manipular hasta esos extremos. Se vio 15 días encerrada en su habitación, recostada en la cama, con los ojos perdidos en el techo, ardiendo de tanto llorar día y noche, e incapaz de salir fuera, por temor a que cualquier estupidez pudiera desencadenar una nueva lluvia de gritos por parte de aquél que algún día ella creyó que era su alma gemela, aquél que, un día, sintiéndose descubierto en la enésima mentira, trató de hacerla callar con un golpe en su cabeza que remató quitándole sus lentes, apretándolos hasta romperlos y, finalmente estrellándolos contra el suelo. La lista seguía y seguía, minuciosa… pero la terminó con el recuerdo de cuando se vio despidiéndose de tanto macho absurdo, de las veces en las que pudo desenmascarar amasijos completos de mentiras, de las ocasiones en las que logró poner final al absurdo, especialmente, de cuando logró poner final de-fi-ni-ti-va-men-te. Y de cómo siempre pudo continuar caminando con el puño en alto.
Clara conocía demasiado bien todas estas vivencias y sus consecuencias y sólo un instante de estos recuerdos era capaz de dinamitar en ella no sólo las sensaciones, sino las conclusiones a las que había aterrizado después de años… Los machos en el ámbito doméstico eran tan peligrosos como los machos el ámbito público. De hecho, los machos en el poder presidencial del país eran tan deplorables que la parecía inaudito que alguien los hubiera podido llegar a votar…. Y por un momento, se empezó a sentir extraña… ajena…. Lejos…. En otra dimensión… Tenía frente a sí los trajes de los militares que, con chaleco anti-balas, estaban dispuestos a salvar al bus de la violencia armada callejera y una voz en el fondo de su mente se preguntaba: ¿qué balas, de qué armas, por quién empuñadas? ¿qué mundo? ¿de cuáles esclavos y de cuáles esclavistas? ¿quién había permitido a todos estos machos que ocuparan así el mundo? ¿de dónde habían salido? ¿cómo habían llegado a extenderse de esta manera? ¿por qué se les consentía que siguieran regando su ignorancia llena de bilis por todos los circuitos de nuestra existencia? ¿qué mundo era éste?. Y, sobre todo, ¿por qué ella iba en ese bus, atravesando un mundo ocupado por ellos, qué hacía ahora mismo sentada a la espalda de dos homínidos, de dos machos, proyecto de hombre, pertrechados con grandes armas de fuego?
Y ahí fue que supo que el mundo de los machos no fue, ni era, ni es ni será su mundo, por más que se lo intentaran imponer…. Y también supo que pondría toda su energía en ser capaz de identificar cuál era el mundo al que verdaderamente pertenecía, y que no era éste…. Incluso, también supo que, en el caso de que ella no lo pudiera encontrar…. Lo crearía….
Bajó del bus y se encaminó a su casa. Con cada paso, un exorcismo que la reafirmaba en su NO pertenencia a ese mundo impuesto. Con cada paso, un murmullo de certezas crecientes en todo lo que comenzaría a crear y co-crear junto a otras mujeres y junto a algunos pocos hombres de verdad. Llegó a la casa. Se bañó. Respiró hondo. Salió al balcón. Abrió los brazos. Miró a lo más hondo del Corazón del Cielo. Y sonrió feliz al observar cómo regresaba a su encuentro el par de alas que un día le fuera arrebatado, aprisionado y encadenado bajo treinta candados. A la luz del nuevo rayo de conciencia, su flamante par de alas había podido LIBERARSE y encontrar el camino de regreso a casa. Cuando las alas se acoplaron de nuevo en su espalda, un torrente de fuerza creativa recorrió cada una de sus células y empezó a salir a raudales de su corazón…. Ahora sí. Ya estaba lista. Por finnnn, estaba lista.

Por Amalia Jiménez Galán
Comunicadora social nacida físicamente en territorio vettón, España y, espiritualmente, en las tierras mayas del Iximulew (lo que ahora se conoce como Guatemala), donde vive desde hace más de 23 años. Es integrante del Seminario de Literatura Feminista de Guatemala desde 2009. Sus poemas y cuentos han sido antologados en España, Guatemala y Honduras.
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