“Escrutando hondo en aquella negrura,
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún
mortal se haya atrevido jamás a soñar…”
Edgar Allan Poe (“El cuervo”)
Los preparativos para la exploración duraron años, pero la nave explotó apenas salió de la atmósfera de la Tierra. La mujer de la sala de control es la única en llegar a tiempo a una de las cápsulas de escape, la máquina reforzada con suministros de oxígeno y alimentos para unos pocos días la lleva hasta el planeta gravitacional más cercano, atraída por su fuerza. Hace un estruendoso sonido al aterrizar y a la mujer le parece reconocer el lugar. Se viste con el traje de seguridad y sin más compañía que una linterna, abandona la cápsula para explorar el planeta que, a cada paso, se parece más al suyo. Las copas de los árboles más grandes y viejos cubren el infinito, ocultando al cielo, como un techo macabro e inalienable. Un suave aleteo de alas se escucha a los lejos, entre las cuevas de afiladas piedras y puntiagudas columnas, y un vaho pesado escapa entre las rocas y sube serpenteando hasta ella, oprimiéndole la garganta.
Nota a lo lejos una casona que parece moverse a los lados cuando bate el viento entre los pinos secos, rodeada de esculturas de aves talladas en piedras, en posiciones casi grotescas. Intenta detenerse, pero sus pies ya suben los escalones ahuecados del portalón. Con cada paso crujen las tablas y se estremece. Las ventanas de la casona están cubiertas por telas de arañas que se adhieren pegajosas, y la centelleante mirada de dos ojos negros, demasiado juntos, se entrevén por la hendidura de las tablas deshilachadas. Se acerca. Le parece ver un rostro de facciones grotescas difuminado en el cristal. Un quejido llega y se va con el ulular del viento. Una sombra cruza el portalón a sus espaldas. Se voltea. El corazón corre dentro de ella, como si el pecho no fuese suficiente refugio. Siente una mano viscosa que la toma del brazo y de un tirón la hace cruzar el umbral. Un batir de alas se confunde con el quejido-silbido-cántico que sobrevuela de repente su cabeza y la tira al suelo. Intenta incorporarse pero la sombra se le viene encima y la obliga a permanecer con los brazos extendidos, como dos alas enormes que van curvándose, formando sus propias plumas que rompen la carne al atravesar implacable los poros abiertos. Las piernas se encogen, se estrechan y lo último que ve son sus labios alargándose en su rostro, endureciéndose.
Intenta gritar, pero de su garganta pequeña solo brota un graznido seco, que se eleva como humo, por encima de las copas de los árboles. Y luego el silencio. Dentro de la cápsula se escucha la radio. Un nuevo escuadrón vendrá al rescate de la nave y sus tripulantes, solo deben esperar algunos años más.

Por Yuraima Trujillo Concepción
(Cuba, 1986)
Licenciada en Estudios Socioculturales. Tiene publicado los libros La Noche es una Mujer y La niña de la casa grande. Obtuvo el premio nacional Mundo Marino 2008 (Cuba); Mención de Honor en el 79 Certamen Internacional de Poesía y Narrativa “Camino de Palabras” (Argentina); Premio y Mención con poema y cuento, respectivamente, en el “l Concurso Pasos de Océanos” (Cuba);
Premio en el concurso de relatos de la Fundación Ateneo de Triana (España); Premio en el concurso Benigno Vázquez (Cuba) Su obra ha sido publicada en varias antologías y revistas literarias tanto cubanas como extranjeras. Pertenece al grupo literario camagüeyano: “La Rueda Dentada”.
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