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La ambulancia

  • Foto del escritor: cosmicafanzine
    cosmicafanzine
  • 15 oct 2022
  • 7 Min. de lectura

Llegaron noche. Cansados, fatigados y devorados por las ganas de acostarse subieron a sus habitaciones y sin quitarse los zapatos se echaron debajo de las sábanas o encima de ellas dependiendo de su propio nivel de agotamiento. Las dos niñas fueron las primeras que se quedaron dormidas, el hermano mayor se acostó, vio su teléfono, tecleó unas cosas, bajó el brillo, apagó el Wifi y pronto sus párpados se volvieron pesados. Su padre se sentó en su sillón favorito –aquel que tenía una enorme ventana enfrente desde donde solía ver su árbol que había plantado hacía años– mientras veía cómo su esposa entraba al baño y comenzaba a hacer sonidos que evidenciaban lavado de cara, desmaquillaje, lavado de dientes y etcétera.

Fue la boda de su hermana. Una vez acabada el camino fue brutal, cuatro horas de viaje sin detenerse y la oscuridad pronto los cobijó. Durante el traslado su esposa recapitulaba la fiesta, sus hijas jugaban y peleaban entre sí, su hijo no se separaba del teléfono. Él también estaba perdido en su mundo: asentía a su esposa, respondía, hablaba, pero en su mente había otra cosa. Los primeros minutos iba un poco temeroso, en gran parte por ello su seriedad en el viaje, cuando de repente pasó por una parte de la carretera que lo llevó de golpe a su infancia: una nopalera. A partir de ahí eso se apoderó de su mente, cuando llegó a su casa pensó que subiría inmediatamente a dormir como hicieron sus hijos, pero no fue así, más aún, perdió el sueño a pesar de que su cuerpo estaba abatido. Vio el sillón, se sentó y apenas lo hizo el tiempo colapsó y su mente se fue a aquel día, a cuando hacía muchos años su papá que aún vivía, su mamá y sus dos hermanos junto con su hermana fueron invitados a una fiesta de quince años.

Vivían en la cabecera, la fiesta era en una gran y bella hacienda de su tío a las afueras del municipio. Ese sábado todos mostraban emoción por ir. Siempre les gustó el lugar, lleno de mezquites, huizaches, nopales, eucaliptos, pinos, pirules; a pesar de que no vivían en una urbe había cierto aire de rompimiento con la cotidianidad cuando iban allá. Llegaron a la hora de la comida, como no eran muy religiosos nunca vieron con seriedad el ritual previo al barullo. Sentados y servidos comenzaron a comer mole, arroz, tortilla, refresco, frijoles charros, en el centro había una botella de mezcal que agonizaba de a poquito y a un lado un servilletero forjado con dos herraduras.

Luego de la charreada, de una estampa que se ejecutó y del inicio del baile comenzaron a despedirse de todos los presentes. Entre besos, abrazos y arrumacos familiares agradecieron la invitación. Era una pick up que su padre encendió, esperó unos segundos a que todos subieran y a que le abrieran paso unas camionetas enormes que estorbaban, eludido eso metió primera velocidad y arrancó. El cielo estaba despejado y había millones de estrellas en el firmamento, a pesar de que brillaban en todo su esplendor en son con la luna, la oscuridad del camino era espesa, era una de esas que obligaba a ir despacio.

Lo único que se veía con cierta nitidez era la línea amarilla de la carretera y los anuncios de los costados. Todo lo demás era oscuridad, ruidos, viento; a los lados se veían las siluetas de los árboles que formaban imágenes extrañas, los cerros también se dejaban ver dibujando una silueta donde se separaba el cielo iluminado por las estrellas de la oscuridad que reinaba abajo. La camioneta avanzaba lento con las luces encendidas y a duras penas se divisaba un poco del camino. Fuera de ello no había más que oscuridad.

Sus hermanos y él mismo no lo aceptaban, pero tenían un poco de miedo. El monte de noche sólo puede inspirar dos cosas: tranquilidad o terror. Como eran jóvenes no entendían lo primero así que el miedo los había invadido por cada poro de su piel. En todos lados veían formas inhumanas que iban detrás de ellos, los mezquites cobraban vida y se arrancaban de la tierra las raíces para perseguirlos junto con animales que sólo dejaban ver sus ojos rojos en la oscuridad. Paradójicamente uno de sus hermanos planteó contar historias de terror, los demás aceptaron porque en el ser humano hay una curiosa ambivalencia con el miedo: huían de él, pero al mismo tiempo les gustaba. Y comenzaron los relatos. Unos buenos, otros malos, irónicamente las historias de terror aminoraban el miedo que manaba de la incertidumbre, de las formas que sabían que no estaban ahí, pero no dejaban de ver. Su valentía no les duró mucho porque pronto afinaron sus tramas y las volvieron espeluznantes para que así el espanto volviera de súbito.

Minutos después justo antes de llegar a una curva donde se rumoreaba que un anciano fantasma pedía aventón, su papá se orilló al acotamiento, prendió las preventivas, puso neutral, alzó el freno de mano y se bajó. Les dijo que tenía que ir a orinar y preguntó si alguien más tenía esa necesidad, él había dicho que tenía ganas, pero cuando su papá se detuvo sus hermanos comenzaron a burlarse del primogénito diciendo que tenía miedo de bajar. Él iracundo por la mofa y deseando reivindicar el título de hermano mayor se bajó y no sólo fue a orinar, sino que se fue al lado opuesto del de su padre y se alejó hasta que se perdió de la vista de sus hermanos a pesar de que su papá le gritó que no se fuera tan lejos.

Les gritó que era el más valiente de todos y corrió entre los mezquites, magueyes, nopales, cardenches, huizaches, volteó dos veces hacia atrás y dejó de hacerlo cuando la camioneta, la carretera y los postes ya casi no se veían. El viento arreció y el frío comenzó a hacerlo tiritar, lamentó haber dejado su chamarra en pro de darle énfasis a su gesta. Sin saber por qué, seguía caminando hasta que vio un lugar decente donde parar. Estaba frente a un nopal, con un enorme huizache detrás suyo y en la izquierda había un pequeño sendero que llevaba a una parte inferior de la planicie donde andaba. Le ganó la curiosidad y apenas acabó se subió la bragueta y decidió caminar un poco por ese sendero que no había notado cuando se adentró al llano.

Unos metros después se dio cuenta de que no era un sendero, camino, senda ni nada que se le pareciera, era simplemente una línea en la tierra, de esas como las que trazan las hormigas, pero en ese caso más grande y sin destino. La oscuridad se sentía más fuerte, casi pesaba y en ese momento decidió que ya con el tiempo ahí demostraría a sus hermanos que de él no se podían burlar. Justo antes de dar un paso hacia atrás para irse vio una luz, como un faro que se alzaba desde unos cuatro metros a distancia de él. Se puso alerta porque sospechó de cazadores y temió que lo pudieran confundir con una presa. Se armó de valor y decidió gritar para que no lo atacaran, pero una fracción de segundo antes de ello se alzó otro faro y luego otro y otro hasta que se distinguieron cinco luces, acaso muchas más.

Era una danza de colores donde mayoritariamente se distinguían el azul, rojo y amarillo. Ninguna luz estaba quieta: unas apuntaban al cielo, unas lo hacían de forma horizontal, otras a él que estaba atónito y desconcertado. Era como un foco de esos de los antros que desprenden luces de todos colores. Lo único que evitaba que viera de dónde provenían eran dos enormes mezquites y la distancia. Se sintió tentado y atraído a ir, pero su cuerpo reaccionó antes y contrarió sus deseos dándose la vuelta y corriendo con una terrible idea en la mente. El camino de regreso se le hacía más y más largo y comenzó a desesperarse, estaba ya cansado por la cantidad de piedras que tenía que sortear, sólo en ese momento se dio cuenta de cuánto había recorrido, antes de llegar a la carretera encontró a su papá que lo reprendió por haberse ido tan lejos y le informó que tenía ya bastante buscándolo, pero su miedo al homicidio o lo que fuera que vio sólo lo hizo balbucear:

–¡Allá hay una ambulancia! ¡Vámonos!– le dijo a su papá jalándolo de la mano.

Su padre lo miró desconcertado y ambos llegaron rápido a la camioneta para irse. Una vez arriba cesaron las historias, él estaba preocupado por lo que pasó allá y temía que los siguieran, pero no dijo más. Durante años enteros no dijo más, su aventura habíase ido a lo más hondo de su inconsciencia y no había vuelto a pensar en ello hasta esa noche. Su padre estaba tomado, tenía sentido que no le creyera y que no hubiera visto nada, sus hermanos y mamá ni siquiera estaban a la vista, era lógico que tampoco vieran. Él lo vio y a pesar de que apenas se había acordado, su mente inmediatamente trabajó y recreó el suceso recordando además que no había más entrada a ese lugar que por la carretera, pero no se podía ir en auto porque estaba alambrado y el camino era imposible, asimismo a aquel agujero bajo la planicie quizás ni con una 4x4 se hubiera podido bajar y fue ahí cuando sentado en el sillón tembló de miedo y dejó de fumar mientras veía su árbol en el jardín oscuro y se preguntó aterrado qué demonios estaba haciendo ahí una ambulancia.

 

Por Arturo Aguilar Hernández

Arturo Aguilar Hernández es licenciado en Letras. En 2012 recibió el Premio Municipal de la Juventud, en 2016 fue galardonado con un premio al folclor municipal de calaveritas literarias; en 2017, 2018 y 2019 ganó distintos concursos literarios en el sector empresarial, en 2020 obtuvo el tercer lugar en el concurso “Cuando la poesía nos alcance” categoría B. Ha escrito cuentos, poemas, ensayos y artículos de opinión; ha colaborado en el periódico online Periómetro, en La Soldadera, en las revistas virtuales Efecto Antabús, El Guardatextos, Revista Collhibri, Revista La Sílaba y El Reborujo Cultural.

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