Has llegado para sentarte
junto a la sensibilidad del despertado,
frente al agua tranquila del río,
al costado de la libertad,
sobre esas lágrimas finales,
con el cálido ensueño de la aurora victoriosa.
Mi adolorido mundo atravesó las cataratas
y trae la diminuta estrella, la más lejana,
como ofrenda que trenzó el río junto a los botes,
su piel está hambrienta, tiene prisa,
especialmente prisa
porque la frescura en las ramas maravillosas
podría perderse en otro tiempo que no sea igual a este.
Quiero que mi mundo juegue en este tiempo y no en otro,
este es el tiempo de tu agua que brilla.
Sin espinas, mi antiguo mundo cruzó los laberintos,
quería encontrarse contigo en este tiempo
detenido en el poema que nadie escribió, solo tú.
Con esa certeza irrefutable
trajiste contigo el color que solo puede observarse
desde arriba,
el oxigeno volátil, los restos milenarios,
las extensas horas y el camino venturoso del destino
para que los derribados como yo persistan tranquilos
sobre las arenas azules de tu alma inmortal.
La santa luz que atraviesa la lluvia,
el brillo refulgente de la luna,
el impetuoso rocío de la mañana,
los cielos infinitos de Dios,
y al rayo que dotó a la montaña de árboles y frutos,
está junto contigo, como la madrugada silenciosa
donde los amantes vibran indeterminadamente,
como la música que deshace el velo…
como la ausencia
cubierta por el sonido prudente de tu voz.
Es esa luz mi playa,
evidente rincón que responde al nombre de ti viva,
desenfada justicia, sin hambre ni sed,
satisfecha y mansa,
luz para la aurora de este niño
que responderá desde los riscos,
con sus brazos translúcidos,
tan real como el rayo que inspiró el primer libro,
tan posible como las hojas verdes,
y sobre este caudal dejo que transcurras.
Es tu realidad la que ansío,
la que me permite soñar desde la nube
y vivir olvidado de los que no ven
el beso de la tarde
sobre los límites de tu horizonte.
Es tu realidad la blanca aurora,
joven que apareció franca
porque mis ojos la buscaron;
estoy en su distancia
y le pido a la esperanza que vengas,
que ciertamente venturoso
es este lado del amanecer
donde mis años de ilusiones pasajeras
halló tu pequeña porción de tierra
para abrir los brazos sin ser abatido
por mercaderes y raíces del mal.
Es otoño ya,
y la alta montaña
que un día escalé baja hasta aquí,
me obsequia sus bienes,
la vergüenza importante del hombre
y tu rostro natural que perdona.
Quiero ir río arriba,
quiero conocer tu tiempo inevitable,
tu tibieza, a los que allí habitan;
deseo presentarme ante tu palabra,
necesito tu alma y las horas que has vivido
junto a la melodía incesante del amanecer;
quiero a la mujer del mar, a la poeta ...
a ti.
Por Rolando Reyes López
(Pedro Betancourt. Matanzas. 1969).
Resido desde el año 1971 en el Municipio de Jovellanos. Matanzas. Cuba
Graduado de Bachiller. Actualmente es jubilado por Baja Visión.
Numerosos relatos breves y poemas míos han sido publicados en 66 revistas y 21 antologías de varios países de Europa y Latinoamérica.
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