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Piensan que ya no soy

Foto del escritor: cosmicafanzinecosmicafanzine

Solo deseo caminar.

El hambre es algo que me está dominando al punto de la locura.

Antes de comenzar a caminar en busca de comida, siempre creí que yo estaría del otro lado, del lado de los que eliminan a los que son como yo, pero así como pasaron las cosas, así de rápido no tuve tiempo a reaccionar, no tuve tiempo de enterarme de que esto estaba pasando y aquí estoy, con la misma ropa hace unos cinco meses, y caminando, caminando, caminando en busca de saciar este vacío, este apetito que es lo que más ocupa mi mente.

Piensan que ya no soy, piensan que ya ni estoy, pero yo recuerdo cuando reía, cuando dormía, cuando podía estar horas sin necesitar comer, y solo pensar en caminar tanto me cansaba.

Cuando conseguí mi trabajo en el área de limpieza del hospital, creí que era muy afortunado. Tuve una infancia complicada, mi padre se fue cuando mi hermana aún no tenía un año y yo recién cumplía cuatro. Luego me tocó una adolescencia con muchas carencias, pocas posibilidades de estudio y algún trabajito esporádico que no daba para nada, pero ahora entrando a mis veinte había una luz al final del camino para poder ayudar a mi madre y que mi hermanita tuviera más oportunidades que las que pude tener yo.

Estoy comiendo, al fin, esta jovencita no va a terminar como yo, tengo mucha hambre, no voy a dejar que le quede ni un suspiro, no puedo controlarme, y en el fondo de mi ser tampoco quiero, porque si ella sobrevive seremos más viviendo este calvario, y ya somos cientos, quizá miles, no tengo idea, pero siempre veo alguno en mi camino.

Me sigue extrañando lo poco que me importa mi falta de higiene, antes de aquel día era algo que me parecía elemental, básico, solía ser muy limpio y algo engreído, amaba oler bien, o nunca me imaginé que llevar la misma ropa pegada de sangre vieja, barro y quien sabe cuántas cosas más no me causaría ningún tipo´de sensación.

Ya se murió, cada vez dura menos la comida, bueno, ella pesaría unos cincuenta kilos; los hombres musculosos duran más.

Hay que seguir buscando , el hambre que sacié dura unos minutos y sé que voy a querer más.

Recuerdo odiar en invierno tener que ir al baño cuando estaba ya caliente en mi cama a punto de dormir, o cuando estaba concentrado en algo, ahora lo extraño, quisiera poder y querer ir al baño, no tengo idea de dónde queda todo lo que como, y como todo el tiempo.

No tengo olfato, el sabor ya no importa, salvo cuando muere la comida, ese gusto a pan rancio que comienza a tener me asquea y me freno, mi vista es mejor que antes, eso sí, y aún más el oído, no recuerdo cómo eran las caricias, pero creo tener intacto al tacto, de todas maneras no deseo tocar a nadie, ni siquiera pasa por mi mente la idea de hacer algo así, salvo para alimentarme.

Hay otros dos como yo comiendo, no quiero molestarles, estoy temporalmente saciado.

Sigo caminando, un hombre baja de un auto y saca un arma, me apunta y dispara al medio de mi frente. Él cree que ya está, sube al coche y se va.

Vuelve el hambre, ese que me domina desde el día que lavaba el piso del hospital con otro compañero, creo que no sabía su nombre, o no lo recuerdo, y una mujer robusta, alta, con el cabello crespo y enredado, usaba una especie de camisón que se hallaba ensangrentado y sucio, se subió sobre mi, me hizo caer y mordió mi hombro, el dolor fue intenso, fue el último dolor que sentí y lo recuerdo siempre, la marca nunca se fue.

Mi compañero de trabajo la golpeó con el palo de su mopa y ella fue hacia él. Entraron los médicos con mucha protección y me sacaron mientras el otro muchacho gritaba, y todos decían que ya no tenía salvación. A la mujer la dejaron ahí, comiéndolo.

Estuve en observación tres días, y había otros en mi situación, era una habitación blanca con carpas transparentes, yo encontré muy raro en su momento que mamá no fuera a verme, pero ahora entiendo que seguramente no la dejaron.

Al tercer día, cuando el hambre me estaba enloqueciendo y todos teníamos un gran revuelo de gritos e intentos de romper las carpas, nos liberaron, no había nadie, simplemente se abrió todo, carpas, puertas y comenzamos a caminar, caminar, y caminar, cada uno tomó su rumbo y como solo gruñimos por el hambre, no hablamos como para quedar en juntarnos a ver cómo solucionar este problema, porque en realidad, aunque nos importe, no podemos decirle a nadie que aún pensamos, aún somos, aún recordamos.

Sigo tendido en el  suelo, se me va yendo la vista, ya no siento entrar el aire en mi boca que siempre está abierta, creo que ya no tengo tanta hambre, el disparo en la cabeza está funcionando, antes de ser un zombi supongo que con un balazo en mi frente el final hubiera sido más rápido.

 

Por Andrea Pereira

(Montevideo, Uruguay, 1983)

Perteneció al taller literario de Maria de la Cuadra.

Estudió letras dos años aprobando con la nota máxima “Literatura moderna y contemporánea,dictada por el poeta Washington Benavides, presentando para dicho examen un cuento inédito que había escrito en la adolescencia.

Egresó de periodismo y locución en el 2003 de la Escuela nacional de declamación.

Sus más de 100 cuentos han sidos seleccionados por revistas literarias o galardonados en concursos.

Su primer premio fue en el año 2016 en Misiones, Argentina, ganando el tercer lugar en concurso literario sobre el mate con el cuento “El mate y la plaza”.

Sus obras han sido publicadas en México, Perú, Chile, Argentina, Alemania, Colombia, España,Uruguay, entre otros.

Sus novela “las cartas de Esther” fue ganadora del primer lugar en Argentina y “Amadeus” finalista en Estados Unidos en el concurso Reinaldo Arenas también Finalista con el poemario “Musas de roble” en Estados unidos en el año 2021

Ganadora del primer lugar en Argentina como cuentista por”Flor de lino” y “Crecer a los sesenta y cinco” y del tercer lugar dos veces en Argentina con “El mate y la plaza y “Taissa” y una vez más en Uruguay con “Una promesa de hermanas”

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