Un testimonio funerario olvidado
- cosmicafanzine

- hace 2 días
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Al realizar un estudio en cualquiera de los campos del conocimiento que tenga como objeto de estudio al ser humano en su expresión socio-cultural, sale a relucir un elemento que comparten muchísimas culturas y civilizaciones aunque estas estén separadas en el ámbito geográfico y temporal. Al tratarse de un fenómeno ineludible para toda forma de vida biológica, la cual debe de enfrentarse al mismo de una manera u otra, desde la primitiva intimidad inicial del imaginario colectivo que el ser humano ha ido construyendo conforme su existencia se ha desplegado sobre el planeta, ha dedicado mente y cuerpo a desenmarañar los enigmas que plantea tal extremo. En su inacabable búsqueda por el sentido de la vida, el antónimo de la vida se ha transfigurado en una pieza fundamental de las docenas de doctrinas que buscan dar respuesta a esa pregunta cuya interrogante continúa sin ser desvelada. Embestida con una extremada apariencia solemne, dicha conclusión de la vida como manifestación de vigencia individual despierta infundados y profundos miedos en gran parte de la población, tal grado alcanzan las cuotas de terror que infunde que por milenios se ha extendido la metafísica creencia que contempla a aquella parte del ser humano, cuya existencia no ha logrado ser probada por métodos verificables y científicos fehacientes, como un elemento transcendental a la existencia mortal y equiparándola con una particularidad divina comparable a la gran mayoría de los dioses provenientes de la mitología universal, adoptando la principal característica que los distingue sintetizándose en la extensión imperecedera de la existencia. Sin embargo, las aristas antropológicas que la muerte ha desarrollado en la humanidad van mucho más allá que un profundo temor, ha dado pie a variadas manifestaciones a manera tangible de rituales fúnebres con variable grado de complejidad. Al tratar dicho tópico resalta el culto sistemático a la muerte que concibieron los antiguos egipcios el cual llegó a regir gran parte de la interacción social de la arcaica civilización, y sobre la que se cimento un complejo entramado religioso y político cuyas máximas expresiones tangibles pueden hallarse por todo lo largo de la extensión territorial que ocupó dicho imperio, con construcciones que han sobrevivido por milenios tales como las Pirámides de Giza, o el majestuoso Valle de los Faraones, donde se han hallado cientos de cámaras mortuorias de distintos personajes pertenecientes a las clases altas que llegaron a gobernar.
No obstante, para el propósito del presente artículo si bien está centrado en la exploración histórica de un sistema de creencias, y por lo tanto en una serie de rituales funerarios, es necesario trasladarse varios kilómetros al oriente de donde se establecieron los antiguos egipcios. Más específicamente en tierras del actual Irán, lugar donde desde más de 3,000 años se lleva a cabo un rito fúnebre particular, que para ojos de alguien ajeno a dicha cultura llega a resultar macabro. Hablo de las Torres del Silencio, o también llamadas Dakhma o Dokhma, las cuales son edificios funerarios propios de la religión zoroástrica, propia de aquellas latitudes, y cuya vigencia aunque menguante aún se mantiene entre algunos sectores de la población autóctona. El zoroastrismo toma su nombre de su principal impulsor y fundador; Zoroastro, o mejor conocido en el mundo occidental como Zaratustra, quien fue un antiguo profeta y filósofo iraní de quien se desconoce el periodo exacto en el cual vivió. Como impulsor del zoroastrismo desafió con sus enseñanzas a la mayoritaria religión indoirania de la época, dando pie a la religión que terminó por convertirse en la dominante en la antigua Persia, y cuya base teórica sirvió como fundamento para la filosofía persa. El zoroastrismo finalmente se convirtió en la religión oficial de la antigua Persia y sus subdivisiones distantes desde el siglo vi a. C. hasta el siglo vii d. C. Así miso a Zoroastro se le atribuye la autoría de los Gathas, y del Yasna Haptanghaiti, los cuales son una serie de himnos litúrgicos compuestos en su dialecto nativo, el avéstico antiguo, y que constituyen el núcleo del pensamiento zoroástrico. Dentro del sistema de creencias zoroástricas consideran al cuerpo humano como un elemento impuro el cual al ser enterrado contaminaría a uno de los elementos sagrados por los zoroastristas como lo es la tierra, por lo que para resolver dicha problemática se concluyó en la utilización de unas construcciones de forma cilíndrica en cuyo interior son colocados los cadáveres en tres círculos concéntricos, uno para los hombres, otro para las mujeres y el último para los infantes. El ritual consiste en la colocación del cadáver dentro de la Torre del Silencio en donde la carne alcanza estados de putrefacción más rápidamente al estar expuesta al entorno, lo que llama la atención de los buitres quienes son los encargados de limpiar la carne de los huesos. Una vez quede solamente el esqueleto, este es dejado a la intemperie hasta que los huesos toman un color blanco gracias a la intervención del sol y el viento, momento en que son arrojados dentro del osario que se halla en el centro de la torre. Las pocas Torres del Silencio que sobreviven en la actualidad se ubican en Bombay, India, las cuales pertenecen a los Parsis, y las ubicadas en las ciudades iraníes de Yazd y Kermán, pertenecientes a los zoroastristas iraníes. Las edificaciones se construyeron en la cima de colinas o pequeñas montañas ubicadas en zonas desérticas alejadas de los centros urbanos. El acceso a las torres está permitido solamente para las personas encargadas de transportar los cadáveres, llamados portadores de cadáveres, quienes en el pasado no tenían permitido abandonar las edificaciones y debiendo de pasar toda su vida realizando tal labor. A pesar de que dicho ritual funerario es una parte central de la religión, a partir de comienzos del siglo XX hubo un descenso dramático en la práctica del mismo, llevándolo a ser practicado por reducidos sectores de creyentes, prefiriendo la mayoría de zoroastristas enterrar los cadáveres en cementerios o incluso llegando a cremarlos. Tal divergencia en las prácticas rituales ha conducido a que el zoroastrismo padezca actualmente una grave crisis interna, la cual mantiene en pugna a dos sectores, los sacerdotes ortodoxos y defensores tradicionalistas de las prácticas funerarias, y a los jóvenes modernistas, quienes se oponen a que tal tradición continué, prefiriendo apegarse a ritos más comunes como el enterramiento o la cremación. Otro factor que ha contribuido a que el rito haya menguado es el descenso de las poblaciones de buitres, los encargados de limpiar los huesos de los cadáveres. Esto gracias a que se descubrió que era causado por el consumo humano del diclofenaco, un popular medicamento recetado para reducir el dolor. Dicha sustancia producto de tratamientos médicos se iba acumulando en el cuerpo de la persona que lo ingería, lo que llevaba que al momento de su muerte los buitres indirectamente entraran en contacto con el medicamento al consumir la carne, lo que los llevaba a padecer de fallas renales. A tal magnitud escaló la problemática que el diclofenaco fue prohibido en la India en el 2005 como una medida para protección del ave, así como la clasificación de la especie como sumamente vulnerable. Esto llevó a que las comunidades parsis de la India consideraran la posibilidad de la realización de planes de reproducción asistida con el fin de elevar las poblaciones y poder continuar con los ritos funerarios.
Al explorar todas esas expresiones culturales que guardan las cientos de civilizaciones y culturales que se han desplegado por todo el globo, se pueden hallar por montones rituales y tradiciones condicionadas por las creencias religiosas y políticas, concibiendo un rico mosaico de particularidades antropológicas merecedoras de estudio y contemplación. Aunque en muchos casos no se pueda ser capaz de atestiguar estas prácticas debido a que los grupos sectarios que las practicaban decidieron abandonarlas por una serie variable de factores, el solo hecho de tener constancia de su existencia se convierte en un tesoro invaluable para el grueso del recopilatorio de la historia humana. El cambio en las maneras y formas de interacción de los grupos humanos que comparten rasgos culturales en común es inevitable, el ejercicio de revisionar la historia detrás de estos, debería ser considerado un acto obligatorio para alcanzar un grado mayor en la comprensión de ese desconocido sentido de la vida, de cuya infructuosa y larga búsqueda se debería de despojar de su característica unitaria e infundirle la diversidad de explicaciones que se le han querido dotar para crear un abanico de doctrinas que abarquen de manera más amplia su inconcebible complejidad.

Por Ernesto Rodríguez
Nacido en la ciudad de Guatemala en 1991 y residente en la ciudad de Quetzaltenango desde el 2021.
Acreedor de reconocimientos cinematográficos, escritor que se ha aventurado en distintos géneros, como narrativa, poesía, ensayo y guioncinematográfico. Practicante de artes plásticas.
Padre de familia y esposo.



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