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Él creía

  • Foto del escritor: cosmicafanzine
    cosmicafanzine
  • 4 mar 2023
  • 4 Min. de lectura

Él creía que yo era fea, nunca lo dijo con todas sus letras


—Pero ¡Vamos! — decía, — ¡Alguna gracia ha de tener!


Abrazándome esbozaba una sonrisa de oreja a oreja, me besaba la frente en un murmullo acumulado. Mientras sentía su aliento tibio alejarse de mi rostro, tan solo me encogía de hombros y continuaba andando, aunque en realidad mis pensamientos no lo asentían, no entendían, ¿Por qué él no miraba esa belleza interior de la que todo el mundo habla? Me sentía frustrada, tanto, que me veía al espejo buscando yo también, pero no había nada, ni nadie, más que yo.


Le miraba afligido, tanta era su búsqueda incansable, que se pasaba largas horas mirándome. Buscando aceptación, giraba su cabeza hacia la izquierda y después a la derecha. Suspiraba, le hartaba el espacio, después miraba al cielo. Recuerdo me decía

—¿Ves esas nubes, las que están en el cielo? ¿Las ves? no tienen forma alguna pero te dan paz


Nunca entendí a qué se refería con eso. Lo miraba mientras se perdía entre esas nubes pacíficas, agachando la mirada pensando en ¿Quién sabrá, que? Yo miraba al cielo, llevando mi mano al rostro; sentada junto a él. Los días eran diferentes, no sé en ¿Qué parte o en qué medida?, pero no eran como hoy.


Él no dejaba de mirarme, en la plaza, la playa o el parque, siempre era motivo de sus miradas, tan confusas, llenas de misterio, de incertidumbre, me angustiaba. Cuando veíamos la televisión su mirada fija en mi; calaba de perfil. Nos encontrábamos frente a frente al girar mi rostro hacia él, con la mirada llena de confusión él respondía a mi curiosidad


—¿Qué?— decía —¿No te puedo ver?— le sonreía; no era eso, si no más la forma en que lo hacía, tan insistente, tan recurrente que me causaba escalofríos. Cuando comíamos, algunas veces lo encontré con que no había probado bocado, mientras se hallaba distraído contemplándome; me incomodaba. Me vigilaba de reojo, me buscaba, desde arriba me avistaba, desde abajo, de un lado, de cara, buscando quizá un ángulo que pudiera gustarle. Me abrazaba, cualquiera pensaría que como si no quisiera soltarme nunca, aunque en realidad quería que no me vieran a su lado. Llamaba todos los días, por la costumbre de saberse rutina


—¿Cómo estás? ¿Bien?— hablaba solo, yo asentía.


Me gustaba verlo, aunque me buscara a diario tan solo por el temor de sentirse en soledad. Yo era su compañía; convivíamos juntos, pero nunca cercanos. Caminábamos como dos extraños que se han encontrado por error en la vida, cada uno por su lado. Él; un conformista resignado, yo; una niña perdida. Recuerdo ese día en la tienda de los helados, yo el sabor clásico a vainilla y él, el sabor tradicional combinado, nos sentamos en una banca, en silencio, mientras circulaban momentos que se quedaban grabados en mi memoria, viendo pasar el tiempo. Las personas vigilaban el instante como si nunca antes hubiera pasado. Dos personas degustando helado en una banca de un centro comercial atiborrado de gente, lo jamás antes visto, era tan increíble, tantas miradas observando a la vez, pero con una que era la que más importaba. Sentada ahí incómoda con su mirada fija, una mueca distinguía de mis labios una cortesía, que respondió poniendo su mano en mi cabeza, mis ojos se abrieron grandes como platos. El helado era tibio como su calor humano, su sonrisa me mataba


—¡Eres tan dulce que solo puedo quererte!— sus palabras me inundaron, tampoco las entendí.


No comprendía muchos de sus actos hacía mi, pero esta vez pregunté


—¿A qué te refieres con eso?— sonrió y me dijo:


—Qué te veo y por mas que intento, solo puedo quererte— y quedé en un abismo de temores


Cómo sabiendo el reflejo de mis sentimientos, dijo:


—¡No temas! No es nada malo— entonces terminó el día, sentados en una banca, comiendo helado mientras él me veía, aunque no lo decía, lo sabía, no era de su agrado, no era suficiente para él.


Un día se dio cuenta de ello, quiso aceptarlo. Así que dejó de llamarme, buscarme, mirarme. Ya no estaba más, ahora ya nadie me miraba y era la gloria, no existía para nadie más, mis caminatas eran más cómodas, las películas más largas, las comidas más complicadas, hasta que resultaba incómodo. Me di cuenta de que algo me pasaba, me sentía tan cómodamente insatisfecha. Las horas no me llenaban, la comida no me saciaba y las películas ya no importaban, me había atrapado la rutina. Le echaba de menos. Dónde antes estuvo mi vida, ahora la ahogaba su ausencia. Comencé a enfermar, así que le busqué. No quería ni verme, no me toleraba, tampoco entendí esa parte de él. Insistí en hablarle, cuidando de no hartarle, hasta que aceptó, era sencillo, con cinco minutos bastó. Yo solo quería saber ¿Qué había pasado conmigo? porque no podía olvidarle y porque había tanto dolor en mi, a lo que él respondió con crueldad


—Busca a alguien que te pueda amar— no entendí porque dolía tanto, quise llorar, pero no pude, mi voz se quebró, mis ojos se invadieron. Aunque mi cuerpo seguía entero, sentía como mis adentros se caían a pedazos, pero aun así, me puse en pie y con el corazón ahogado, le di las gracias por su tiempo y en silencio me aleje; con el llanto fluyendo desde mi interior y con una sonrisa llena de dolor.


El creía que era fea... Pero yo lo amaba.

 

Por Adriana Rodríguez "AJRR"

(H. Matamoros, Tamaulipas, 1984)

Ha participado en eventos de poesía local, virtuales y en programas literarios de revistas digitales. Colaborando en diversas antologías publicadas en formato físico y digital. También publicando narrativa en diferentes revistas digitales. Es integrante del grupo Hacedores de fuego de la casa del Poeta Reino Unido y activista de paz del IFLAC World México. Autora del libro de narrativa "Pesadillas Crónicas de los sueños".

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