Madame y Monsieur de la Fontaine residían en uno de los palacetes más ostentosos de Paris
Con la complicidad de Magali, el ama de llaves, el matrimonio disfrutaba de un almuerzo intimo junto a la ventana del salón.
Se acercaba el décimo quinto cumpleaños de su única hija, Charlotte, e intentaban ponerse de acuerdo sobre cuál sería el presente con que la obsequiarían.
Finalmente, se decidieron por encargar que le pintasen un retrato.
La pintura debía realizarse en un lienzo de gran tamaño, además de enmarcarse lujosamente. Y a los Fontaine no les bastaba con que la obra tuviese una calidad optima. El trabajo tenía que reproducir fielmente cada una de las pecas que Charlotte lucia en las mejillas y debía reflejar cómo la luz acentuaba los hoyuelos, que se le formaban a cada lado de los labios cuando sonreía.
Por todo ello, el matrimonio no escatimó en gastos y contrató al reputado artista René Giroux. El joven pintor tenía fama de excéntrico y de malhumorado, pero la calidad de sus obras no tenía paragón.
Madame Fontaine acicaló personalmente a Charlotte aquella tarde. Debía estar deslumbrante ante la inminente llegada de Giroux. El distinguido patio interior de su residencia fue el lugar elegido por la familia para realizar la obra. Se trataba de un enclave bien iluminado en el que el murmullo del agua de la fuente de estilo victoriano que lo presidia, además del embriagador aroma que desprendían las rosas allí plantadas, creaban una atmosfera perfecta para despertar los sentidos de cualquiera.
El joven Giroux llegó puntual a la cita, aunque algo desaliñado porque había centradotoda su atención en no olvidar todos los utensilios que le serían necesarios, ya que quería acabar el encargo cuanto antes. En el fondo odiaba tener que realizar retratos para poder costear su bohemio estilo de vida.
Tras darle la bienvenida, Magali acompaño al pintor hasta el patio interior. Èl cargo con su lienzo y sus pinturas, observo la luz del lugar antes de decidir donde situaría su caballete.
La inocente Charlotte le esperaba junto a la fuente, tiesa como una vela. Su madre le había apretado tanto el corsé, que apenas podía respirar.
La joven lucía un espectacular vestido largo de un blanco casi cegador. La prenda teníalas mangas abullonadas hasta el codo y estaba rematada con delicados bordados. Charlotte llevaba el cabello coronado con un exquisito tocado. Ella, que despertaba a la pubertad, se ruborizó al ver al muchacho. Èl le sonrió desde la distancia.
Madame Fontaine, seducida por el juvenil encanto del artista, se acercó a èl para presentarse.
Acto seguido Madame Fontaine se adentró en la vivienda. Era de dominio público que el pintor prefería trabajar a solas. No obstante, la mujer subió al piso superior y espió al joven Giroux desde una de las ventanas. Oculta tras la tela de una cortina sonreía observando cada una de sus certeras pinceladas, además de deleitar su vista con la vigorosidad del cuerpo del artista.
El pintor se marchó después de dos horas de trabajo. Dejó su obra oculta bajo una sàbana e hizo prometer a todos los presentes que no la contemplarían hasta que no estuviese acabada.
Al día siguiente, René Giroux se encaminó hacia el café Lillet. Estaba seguro de que Madame Fontaine acudiría a su encuentro, y así fue. Pocas damas se resistían a sus encantos.
Marie acudió al lugar a la hora prevista. Juntos se sentaron en una de las mesas de la terraza, aunque mantuvieron la distancia. Ambos eran conscientes de que no estaba bien visto que una mujer casada se mostrara en público en compañía de un hombre que no fuese su marido. Por ese motivo permanecieron un breve tiempo en el establecimiento.
Madame Fontaine le había dicho a su marido que su ausencia duraría un par de horas para realizar unas compras. Èl, complacido por no tener que acompañarla a una tarea que detestaba, se quedó en casa dedicándole su tiempo a la construcción de la maqueta de un barco. En el último año el matrimonio prácticamente se evitaba. La rutina se había instalado en sus vidas acabando, de esta forma, con el poco cariño que se tenían.
Más tarde, el joven pintor y Marie se refugiaron en el estudio del pintor. En donde se amaron furtivamente y, tras su tórrido romance, se despidieron como dos desconocidos. Después de comer, el pintor compadeció en la residencia de la familia Fontaine para acabar el retrato de Charlotte.
Al dar por acabado su trabajo, y habiendo cobrado sus respetables honorarios, se marchó de allí sin decir adiós.
Monsieur Fontaine lo tomó como una extravagancia más del artista. Madame Fontaine trató de ocultar su decepción porque su amante no se hubiera despedido de ella y Charlotte se impacientó por sus ansias de ver finalizado el retrato. René Giroux no consentía que nadie admirara su obra hasta que èl se hubiese marchado y los Fontaine le respetaron.
Cuando el pintor se hubo marchado, Charlotte se emocionó al contemplar la perfección de su trabajo. En el retrato ella lucia virginal y deslumbrante. Monsieur Fontaine quedó muy satisfecho con el resultado; en cambio, su mujer se quedó estupefacta ante su obra. En una esquina, pasando desapercibido, a ojos pocos minuciosos, Giroux había reproducido el reflejo de una de las ventanas superiores de la residencia. En el cual se podía apreciar la silueta de Madame Fontaine, completamente desnuda, mostrando su voluptuoso cuerpos sin tapujos. El artista se había tomado la libertad de pintar la mancha de nacimiento que la mujer tenía justo sobre su pubis, y ese detalle únicamente lo podía conocer alguien que la hubiese visto sin ropa.
Por Silvia Carus
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