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Reencuentro

Foto del escritor: cosmicafanzinecosmicafanzine

El día que nos encontramos por el centro del viejo pueblo donde siempre coincidíamos habían pasado siete años desde la última vez que nuestras miradas penetrantes de amor, inseguridad, nostalgia y odio  se cruzaron; cuando tú abrazabas a la que entonces presuntamente era tu novia; yo te veía a lo lejos con los ojos taciturnos desde el otro lado de  la  explanada de la preparatoria quedándome con los recuerdos de instantes antes ocurridos  cuando en las filas que estábamos para recoger nuestro diploma, nos rozábamos los dedos con sonrisas cómplices después de todo lo vivido en nuestra adolescencia tardía. 

Lo primero que paso por mis pensamientos al verte envuelto en tú uniforme verde camuflado fue abrazarte; verte flaco y desnutrido tal cual te recordaba, con tu fiel sonrisa cimbró mi ser; pensé en que éramos muy jóvenes para descifrar lo que sentíamos; amor, cariño, aprecio, afecto o simplemente la temperatura de nuestros cuerpos en nuestra época de los dieciocho años. 

No corrimos abrazarnos como en la historias románticas que se escriben, tampoco teníamos brillo en los ojos al vernos; es más por un instante pensé que no cruzaríamos palabra alguna después de tantos años en silencio, por ambas partes. Te acercaste fría y bruscamente solo  para preguntarme que había hecho en este tiempo; para responderte de manera simple; estudiar y trabajar, como esas platicas básicas cuando conoces por primera vez a una persona; estaba de más preguntarte a que te dedicabas, tu atavío ya lo indicaba. 

Después de minutos incomodos, me preguntaste si podríamos ir por un trago para conversar; en instante hice introspección sobre que podríamos platicar si ya conocía tu vida por voz de mi mejor amiga; aquella que en la escuela la hacías pasar por tu novia; aunque tú y yo a escondidas nos besábamos en cada oportunidad que teníamos, me abrazabas y nos decíamos muchas cosas que actualmente entiendo eran palabras al aire sin sentido alguno. 

Ella, me había contado todo sobre tu vida con lujo de detalles; militar de artillería, casado hace más tres años, dos hijos y al parecer feliz con la vida que llevabas; que más tendría que saber; después de instantes y con nula insistencia por tu parte acepte la invitación que en el trayecto se tornó a preguntas rutinarias dando vueltas y vueltas a recuerdos del pasado que en ese presente ya no tenían razón de ser. Ambos habíamos cambiado en todo sentido, no quedaba más que continuar con nuestra rutinaria vida.

Recuerdo que cuando llego la orden de un café y una cerveza; pude volver a confirmar lo distintos que siempre fuimos; yo con sueños por conquistar mi mundo, tú por cuidar la imagen que tu familia había construido para ti, cómo cuando después de la ceremonia de egreso hablábamos por teléfono casi todos los días hasta que tú mamá escucho una de nuestras conversaciones  y ocasionó que  jamás volviéramos  a contactarnos por ese medio; en ese entonces, no existían las redes sociales como en la actualidad; sino posiblemente algo hubiera sido diferente.  

En la radio del lugar se escuchaba el fraseo de una de nuestras canciones favoritas de cuando éramos compañeros de clase, esa música de los noventa que nos fascinaba cantar en toda oportunidad y que algún cumpleaños me pusiste al teléfono “Aire, si tus ojos eran higos negros, si los dientes gajos de limón, no recuerdo el largo de tus cejas, ni siquiera puedo hablar apenas de otra cosa que ni sea tu olor” de la cantante Yuri, coincidencia o la cruda realidad; nuestra conversación básica no duro más de una hora, con la conclusión de una salida en próximos días. 

Pasaron tres meses para volvernos a encontrar, salimos de fiesta con tus compañeros de trabajo, conversamos sobre nuestras actividades cotidianas, sobre nuestras actuales relaciones afectivas, tema que alguna manera ambos habíamos evadido en nuestro primer encuentro. Nos sinceramos, nos abrazamos, nos besamos, todo fue tan apasionado que pareció que por horas el tiempo retrocedió, como en aquellos tiempos en lo que lo nuestro era desaprobado. 

Por la madrugada el silencio inundó el cuarto de hotel, ninguno de los dijo nada, ambos tomamos nuestras cosas, salimos por separado, no nos mandamos mensajes de texto o realizamos llamadas telefónicas para saber cómo habíamos llegado a nuestro respectivo destino. 

Después de ese encuentro, siguieron otros que al final eran igual de fríos y vacíos; solo era el placer carnal; por tu parte jamás diste explicaciones, yo nunca las necesite; al pasar de los años nos volvimos alejar. Después supe de tu partida; para eso momento comprendí lo desgarrador que pudo haber sido nunca aceptar quien en realidad fuiste. 

 

Por Eveneser Francisco Cortes Cruz 

(Chalco, Estado de México, México)

Docente desde 2014, doctor en educación, profesor en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, colaborador en el Programa de Estudios en Disidencia Sexual de la UACM; escritor de la mini-ficción “El secreto” en Diversidad (es), el cuento “Tú,  Sonia y Recuerdos de juventud” en Cósmica Fanzine y “Recuerdos en el Tiempo” en Ediciones Komala,  además artículos y ensayos académicos.

 
 
 

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